domingo, 20 de enero de 2008

Las ciudades y los muros




Nos hemos propuesto seriamente volver el tiempo atrás. Queremos recuperar una ciudad perdida. Una ciudad sumergida. Una ciudad invisible. Para hacerlo, hemos tenido que tomar decisiones drásticas. La primera ha sido anular el presente. Nos ha costado, pero ahora solo vivimos de recuerdos. De imágenes, de percepciones sensoriales y racionales acerca de cosas que han pasado y que nos han hecho daño, nos han mejorado la vida o simplemente nos han dado un sentido de pertenencia. Somos gente sin presente, solo vivimos en esos recuerdos que recreamos permanentemente. El segundo paso ha sido abolir el futuro. Hemos decidido que no vale la pena molestarse por construir una historia nueva, que con la historia pasada basta. Entonces les hemos reunido a todos los niños de la ciudad en un bar, a los pocos que quedan. Y les hemos dicho: pueden quedarse siendo niños, no hay que molestarse en crecer. Una vez definida esta estrategia, nos hemos visto capacitados para describir la ciudad en la que vivimos: es una ciudad amurallada, la gente se dedica todo el día a preparar la comida, existen distintas clases de pescadores y de agricultores. Y existen unos señores que detentan el poder a quienes no se les cuestiona nada. Y sobre todo, no hay nada que explicar. Es muy simple, todo está escrito en un libro sagrado, hay unos señores que a ese libro lo interpretan y lo explican y no hay más que seguir su consejo para ser feliz. La arquitectura y el entorno reflejan este estado de cosas. El mar es aún bello, la arena es extensa, la playa está tan virgen que los seres vivos que allí hay hasta pueden representar una amenaza, aún tememos las tormentas y los cielos cargados. Aún nos recreamos en un azul infinito, literalmente infinito. La mujeres cosen al rescoldo en las cocinas enormes, que son el centro de la vida. Todo se aprende en casa. Cada uno tiene su oficio. No hay nada que conecte a la gente entre sí, solo el verse por el pueblo. Nadie ha viajado tierra adentro nunca. No se sabe lo que hay detrás de las montañas. Solo hay agricultores en los alrededores, que venden sus cosas en el mercado. Solo hay pescadores que dependiendo si pescan con red, si dejan los cebos o si se sumergen, regresan a distintas horas. Y vivimos aquí, en este pasado armónico, en un orden que no se altera por nada. Ni siquiera cuando nuestro señor feudal nos manda a morir, cuando arrecian unos piratas en la costa, cuando nuestra torre fortificada tiene que conectarse con señales de humo con alguna otra torre para alertar un peligro. No importa aquí estamos. Por un momento hemos pensado que el proyecto es viable. Pero no. Lo primero que sorprende el ver el Mc Donalds a la entrada del pueblo, ver las naves, pero no las naves piratas que quieren invadir. Las naves industriales. Naves que no llevan, sin que anclan cosas que aparecen y al cabo de un tiempo desaparecen, un restaurante, un spa, una tienda de ropa. Luego sorprende ver tantas ventanas detrás de las que no vive nadie. Vemos fantasmas de los que vienen unos días al año a disfrutar de algo que desaparece: la arena, el sol. Finalmente sorprende ver a tantos niños dispuestos a tomar el futuro en sus manos. Llevando a sus padres por ahí, creciendo día a día, dándole vida a las calles y a los negocios. Vemos que hay gente diversa, hablando distintos idiomas, haciendo cosas por sobrevivir, con rituales, costumbres, maneras de ver las cosas extrañas. Entonces nos damos cuenta que es imposible. Que el futuro existe, aunque ya parezca que no hay cosas que decirse. Que la comida pierde su sabor, que no se puede aportar el fruto del trabajo. Que los agricultores pierden su cosecha. Que se terminan los peces. Que no hay más libros sagrados, sino muchos libros para escoger. Parece que la cosa no terminó cuando se derribó la muralla. Ni cuando se fue el último soldado. Parece que la cosa sigue. Y ahora hay que inventarla de nuevo, a la ciudad por mucho que duela no poder volver a ese orden primario y basal que tanto bien nos hacía. Y esa ciudad invisible tal vez está en esta ciudad

sábado, 19 de enero de 2008

La banalidad del amor


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Rosa Luxemburgo.

Por Osvaldo Bayer
desde Bonn, Alemania Federal

Sí. Tal cual. En vez de La banalidad de la Maldad, como subtituló la ensayista judía Hanna Arendt su libro sobre Eichmann, se ha estrenado una obra teatral en Alemania que lleva por título La banalidad del amor. Y justo se refiere a la relación entre la misma Hanna Arendt con el filósofo alemán Martín Heidegger, quien en 1933 se afilió al partido nazi. Una relación que nadie –la mayoría– ha podido entender todavía. La autora de la obra de teatro también es judía, se llama Savyon Liebrecht y trata de interpretar en la obra de ficción esa relación entre dos personas tan distintas en sus ideologías. La obra se ha estrenado con un gran éxito de público. No es para menos.

Antes de morir, Hannah Arendt declaró: “Me siento elevada hasta hoy por Heidegger como ser pensante y como mujer”. Sí, una escritora que describió como pocos la miseria absoluta de pensamiento del nazismo.

El comienzo de esa relación fue la del profesor con la alumna. Heidegger era ya, a los 35 años, en 1924, un profesor de filosofía cuyos libros habían comenzado a trascender en todo el mundo. Ella, de 17 años, era su alumna. Profesor y alumna pasaron muchas horas muy enamorados en una cabaña no muy lejana de la casa de Heidegger, quien era casado con dos hijos. La relación amorosa fue muy intensa entre 1924 y 1926, hasta que después ella se fue a estudiar a otra universidad. En 1929 Hanna se casó con el escritor Günther Anders. En 1933 ella comienza a hacer una labor muy intensa en defensa de los judíos alemanes y Heidegger se afilia al partido nazi y es elegido rector de la Universidad Albert-Ludwig.

La pregunta es: cómo un hombre de estudios y pensamientos tan profundos como Heidegger pudo apartarse tan profundamente de la ética. Nunca pidió disculpas a la humanidad por haber apoyado en ese momento a un régimen absolutamente racista y totalitario. Tal vez al quedar al desnudo su equivocación o su oportunismo podría haber declarado: sí, yo tal vez fui un genio pero no fui un sabio. Me dejé llevar por los entusiasmos (tal vez la mejor palabra sería oportunismo) de ese entonces pero no supe jugarme por los principios éticos que tienen que ser irrenunciables en todo momento, aunque sea ante el peligro de muerte, de cárcel, de pérdida de posición y más cuando se es un docente famoso. No, nunca se sintió culpable de nada.

Hanna Arendt fue presa por la Gestapo en 1933. En 1937 le fue quitada la ciudadanía alemana y finalmente emigró, primero a Francia y desde 1941 vivirá en Estados Unidos. Allí dedicó sus mejores horas a luchar contra el Holocausto y formó parte de la Reconstrucción Cultural Judía. Terminada la guerra, en 1950, Hanna volvió a visitar a Heidegger y mantuvo una nutrida correspondencia con él hasta que Heidegger murió en 1976. Además se preocupó para que los últimos libros de Heidegger se editaran en Estados Unidos y que las traducciones sean excelentes.

Pero claro, el tema no es sólo Heidegger, sino también Hanna Arendt. Ella, que vivió en carne propia toda la injusticia nazi y su total irracionalidad. Ella que asistió al juicio de Eichmann y supo describir en su libro toda la trivialidad de un asesino de masas, un autor de crímenes de lesa humanidad, pero al mismo tiempo un representante típico de un sistema al que adhirió su amado Heidegger. Cómo nos puede explicar ella que, después de la caída del nazismo, fue a visitarlo y no le pidió que reconociera públicamente haberse equivocado. No, sigue su amistad. Hanna Arendt se conforma tal vez con la única defensa de sí mismo que ensaya Heidegger: “Hitler me engañó, me traicionó”. Un hombre de la inteligencia de Heidegger no puede dejarse engañar por un demagogo que ya en los años ’20 basó su marcha hacia el poder con su injustificable racismo. Hanna Arendt escribirá muchos años después, buscando una interpretación, tal vez de Heidegger o tal vez de ella misma, lo siguiente: “Nosotros, que queremos honrar a los pensadores, y aunque nuestro lugar de residencia se encuentre en el centro del mundo, no podemos dejar de sentir como llamativo y al mismo tiempo enojoso que tanto Platón com Heidegger –cuando se referían a situaciones humanas– buscaran refugio en tiranos y ‘Führer’.” A esa pasión ella la llamó deformation profesionelle. Y añade: “Esa inclinación hacia lo tiránico teóricamente puede adjudicárles a casi todos los grandes pensadores (Kant sería una gran excepción)”. Citándolo a Heidegger continúa: “Muy pocos tenían la capacidad de asombrarse ante la sencillez... tomar ese asombro como lugar habitable... en estos pocos es últimamente igual hacia dónde nos llevan las tormentas del siglo. Porque el huracán que atraviesa el pensamiento de Heidegger –como aquel que todavía nos roza desde la voz de Platón– no tiene nada que ver con el siglo. Proviene de lo más antiguo y deja algo concluso que, como todo lo concluso, atañe al pasado”.

Palabras... Para justificar a quien tal vez seguía siendo, en lo más recóndito, su amor de adolescente. O para justificarse a sí misma. Por qué para un apenas lacayo de cuarta como Eichmann, la pena de la horca, y a Heidegger, la comprensión dentro de la crítica rebuscadamente filosófica. Para Eichmann, el ejecutor, nada más que la soga al cuello. Para Heidegger –que dio el ejemplo en 1933 de afiliarse al partido nazi y así influenciar a sus miles de alumnos y de lectores en su tierra y en el mundo entero–, a él nada más que explicar todo como “una deformación profesional”. ¿Es banal el amor o son banales los que justifican todo a través del amor? Una pregunta difícil de contestar. Ni el amor es banal ni la maldad es banal, aunque muchos se comportan en forma banal con expresiones profundas. (Esto no implica ninguna crítica a los títulos de la obra de Hannah Arendt ni a la obra teatral de Savyon Liebrecht, al contrario, son títulos mordaces que hacen pensar.)

Hanna Arendt escribirá en 1949 que para ella los dos más grandes filósofos de su época fueron Heidegger y Jaspers. La pregunta es: ¿a la humanidad y al propio Heidegger les sirvió de algo en la vida ser “grande”, cuando se falta tan profundamente a la ética?

Pero en esa misma Alemania se demuestra lo que es la verdadera conducta ética. El 15 de enero concurrieron más de setenta mil personas (cálculo del diario principal de Berlín, Tagespiegel) a llevar claveles rojos a la tumba de Rosa Luxemburgo, a 89 años de su cobarde asesinato por militares en Berlín. Se repite así un homenaje que se cumple todos los años. No hay figura que se recuerde así, en ninguna parte del mundo. Ni grandes pensadores, ni héroes históricos, ni políticos. Es un increíble ejemplo de respeto, recuerdo y admiración por la obra y la ética de esa mujer. Sus profundos escritos acerca de cómo el mundo debía luchar por un sistema definitivo que trajera la paz eterna y terminara con las injusticias sociales deberían ser lectura en todos los últimos años de los colegios secundarios y de las universidades, y tema preferido en centros culturales. Fue pacifista y por su lucha estuvo presa en las cárceles del Kaiser casi los cuatro años de la Primera Guerra Mundial. Fue en ese tiempo fundadora del Grupo Internacional Antimilitarista. Propuso siempre la solidaridad internacional de los trabajadores y por eso sostenía que ningún trabajador alemán debía apretar el gatillo contra un trabajador francés o de cualquier otra nación. Cuando, pese a su lucha, se declaró la guerra, dijo: “Cuando escuché la noticia, pensé en suicidarme. Me di cuenta de que había vencido el oportunismo”. Ese oportunismo e irracionalidad que costó la muerte de miles de jóvenes. Rosa estaba contra la violencia y señalaba que el arma fundamental para la revolución obrera debía ser la huelga general. Fue una luchadora contra la pena de muerte. Y defendía la Libertad como un fundamento absoluto de la sociedad. Su frase que más trascendió en la historia fue: “Libertad es siempre la Libertad del que piensa distinto”. Durante la revolución alemana, el 15 de enero de 1919, fue detenida en el hotel Eden, y en la puerta misma el suboficial Runge le dará un culatazo en la cabeza y luego será asesinada por el teniente Souchon, que le pegó un tiro en la sien. Terminaba así esa cabeza que tantos principios profundos enseñó a la humanidad.

En el recordatorio del martes pasado, ante su tumba, se vio a jóvenes y viejos con lágrimas en los ojos. Su tumba quedó cubierta totalmente por claveles rojos que llevaron cada uno de los asistentes. Un diario tituló el acto así: “El día en que faltaron claveles rojos en Berlín”. Y se escucharon las viejas canciones obreras de siglos pasados.

Un ejemplo. Es curioso: los héroes de la sociedad en sus monumentos no son recordados, amén de algún acto oficial cada cincuentenario de su muerte. Pero a Rosa Luxemburgo la recuerdan como a nadie, año tras año, después del espantoso y cobarde crimen.

Que tengan esto en cuenta todos aquellos que aman el poder por el poder mismo. La historia va filtrando y sólo quedan aquellos que dieron sus vidas por esa palabra con la que comenzamos: la Etica, que es siempre el no rotundo a la muerte y el firme sí a la Vida.

No hay amores banales, como tampoco hay crímenes banales.

viernes, 18 de enero de 2008

El humor de Harry


Harry Belafonte Junior no era un tipo fácil. Se le podía adivinar en la mirada que en algún momento se retobaba, miraba de reojo y daba una estocada difícil de digerir. Empezaba siendo generoso, familiar, fiel a sus orígenes en la remota Sicilia. Luego se tornaba dulzón y sentimental. Y cuando llegaba el momento del pago se echaba para atrás de cuanta había dicho, hasta llevar las cosas a un extremo insostenible, intentando manipular la situación para dejar al otro parado en la peor situación imaginable.

Así empezó todo. Mejor dicho, así terminó todo. Era una tarde gris en South Miami. Douglas el peluquero había explicado lo suyo, es decir, tampoco podía pagar ese día. Así que me dirigí al restaurante de Harry, en la esquina de la calle 4 y US 1, allí donde se han puesto unos locales medianamente aceptables en una ciudad decente, en medio de la nada, como lo es South Miami. Pinecrest es el distrito que vale y lo otro es basura, Cuttler Ridge, Homestead, zonas castigadas una y otra vez por la pobreza haitiana y los huracanes Quería cobrarle a Harry, tenía los recursos para pagar por mi trabajo de protección, otras veces lo había hallado en su humor melancólico y me había pagado sin problemas, solo porque le recordaba algo de su tierra. Un patrullero de la ínfima ciudad, con la inscripción South Miami Police se había detenido a pedir unas pizzas en lo de Harry, así que me encontré discutiendo el asunto con Harry teniendo de testigos nada más ni nada menos que a los agentes del orden del distrito. Harry estaba con su ánimo dulzón, cortando las pizzas, con un enorme delantal blanco manchado de grasa, sosteniendo una fuente con mozarella y hongos, tratando de mantener el orden en una cocina caótica que por momentos lo rebalsaba. En una mesa, en una esquina, estaba su madre, al lado su tía, ambas vestidas de negro, señoras delgadas y enjutas que vociferaban en italiano cosas incomprensibles. Al fondo de la cocina estaban sus tres hermanos, amasando. Harry cocinaba la mozzarella por separado y se afanaba por hacer unos calzoni espectaculares en un verdadero horno de barro. Todo terminó con un comentario sarcástico que lancé sobre Genaro Cuestas Rigazzi, el capo de la zona, un amigo íntimo de Harry que le había encargado varios banquetes. Solo dije que Genaro me parecía un tipo sucio. Solo dije que los que no me pagaban, entre ellos Genaro, me parecían sucios y que no iba a trabajar más con él. Fue todo lo que dije.

-No te metas con Genaro, es mi amigo- dijo Harry y me dio la espalda. Cuando giró de nuevo su rostro estaba desencajado. Los conflictos entre las personas deben permanecer en la intimidad. Sobre todo si viven en el mismo distrito. Me dí cuenta tarde. Asi fue como conocí la faceta oscura de Harry. Sus dos tías se incorporaron y salieron en la tarde húmeda de South Miami , los policías se largaron sin más y me quedé solo con él, cara a cara. Pero ya no era el Harry de una dulzura impostada y desagradable. Era mucho peor que eso. De pronto me quedé frente a él y a un guiño trajo a sus tres hermanos al front desk. Por alguna razón dejaron de entrar clientes, estos tres dejaron de amazar y de avanzar con su faena y se dedicaron a mirarme. Solo me miraron, como quien mira a un extraterrestre. Y Giorgio, hermano de Harry, le preguntó:

- Qué ha dicho este de Genaro? Dime

- Ha dicho que Genaro es un sucio.

Tal vez cultivan el arte de la telepatía, pero en ese preciso instante cruza Genaro la puerta del local, los tres hermanos de Harry, Giorgio, Bruno y Lucchesso, se transforman en masa, Harry se convierte en Mozzarella. Y yo me doy cuenta que nunca más voy a salir de ese restaurante.

martes, 15 de enero de 2008

Cambiar de vehículo no es fácil











La historia de la fortuna ideada por José Camilo Pacheco Junior termina en una calle de Hialeah, donde finalmente ha conseguido residir luego de mucho deambular por la zona Sur Oeste. Se ha comprado esta casita con la herencia de sus suegros, ahora tiene una amante en Aventura, Yamila Parker Stevens. Yamila estaba casada con un petrolero saudí- colombiano, pero ahora está dispuesta a darlo todo por él. José Camilo tiene como oficio producir Walk In Closets. O lo que es lo mismo, vestidores. Pero si logra resolver lo que le espera en los próximos minutos, nunca más tendrá que conformar a alguna clienta gorda y caprichosa del distrito judío de Pinecrest. No, solo tendrá que vender esta propiedad, fruto de una ingeniosa maniobra y mudarse a Aventura con Yamila. Tal vez también tenga que enfrentar a su ex marido, pero eso es salvable. Ha adquirido también con el dinero de la herencia un Jeep Cherokee de segunda mano que siempre está a punto de incendiarse. Sus grandes patonas permiten que el vehículo se aferre al asfalto de la 826 sin derrapar, aún en las tardes de más espantosa lluvia tropical de Miami. Pero el defecto fatal de este vehículo se verá compensado por el Mercedes 92 que Yamila le ha prometido apenas logre terminar lo que tiene delante. José Camilo ha tomado un atajo para llegar a su casa y ahora se enfrenta a un par de escollos difíciles de resolver. El primero es el cadáver de su suegra. Ha estado allí unos días, en descomposición, es cierto. No se arrepiente de haberla matado, eso era inevitable, se arrepiente de haberlo ocultado ahí. Aún no sabe José Camilo que hacer con él, con ese cadáver. Ha tenido que matar a su suegra luego de una agria discusión. Se había hecho un acuerdo familiar, pero nadie estaba dispuesto a respetarlo. Salvo José Camilo Pacheco Junior, que dijo que sin duda su suegra debía reintegrarles el dinero de la herencia manifestado en el testamento de Fabricio Pedro Achával Bernardez. Indudablemente hacer un seguro de vida a nombre del difunto había sido una magnífica idea de los tres, de su suegra, su ex esposa y suya. Pero su suegra se había puesto tonta y con su ex tuvieron que tomar la decisión. Había sido un error hacerle el sucio encargo al amigo de su hermana. Para nada había demostrado profesionalismo en el acabado del trabajo. Pero lo del seguro de vida había estado bien. Ahora Yamila Parker Stevens, su amante, podría obtener su parte y su ex mujer podría reclamar lo que le correspondía de herencia de los suegros. Lo que no encajaba era que hacer con el cadáver de la suegra que el descuidado amigo de su hermana había dejado sin ocultar. Ni con el coche aparcado en la puerta del 72 de la calle 53 de Hialeha, ese vehículo rojo con patente de Denver que se detiene al frente en este preciso instante. Indudablemente es un detective de la compañía de seguros que viene a husmear la casa. Y ahora otra vez la Cherokee se ha recalentado. Horriblemente, al punto que una llamarada roja se asoma desde el capó, con un bramido espantoso. A solo cien yardas de su domicilio, la Cherokee desfallece y José Camilo Pacheco Junior sabe que no llegará a salvar ninguno de los dos escollos. El detective verá el cadáver en la casa, la Cherokee se incendiará y no podrá detenerlo. José no solo tendrá que volver a hacer vestidores luego de una larga temporada en prisión, si es que no lo ejecutan por homicidio agravado. Si es que sale tendrá que resignarse a que la Cherokee sea reemplazada a lo sumo por una Dodge Caravan en peor estado, posiblemente con la correa de distribución rota, algo tan difícil de arreglar como el calentamiento del Jeep.

lunes, 7 de enero de 2008

El regreso del mar



La arena tirada sobre la vereda. Como un insulto. Como una afrenta al paseo del mar. Tan sólido. Y ahora destruido por olas inclementes que no se acuerdan de las formas. Al mar no le importan las apariencias ni los alcaldes. El mar toma lo que es suyo. Y el paseo del mar es suyo. Pronto desaparecerá, el paseo del mar. Pronto desaparecerá la calle que sigue al paseo del mar. Pronto desaparecerá la arena, las rocas, también desaparecerá, finalmente este pueblo. Que ha osado invadir el mar. No se juega con ciertas cosas. La gente piensa que puede venir y pasear un verano por aquí, dejando su carpa al costado del paseo del mar, salir a caminar un rato y luego regresar, pasarse así cuatro o cinco meses, hasta que el tiempo definitivamente es una mierda y regresar o quedarse da lo mismo. La gente piensa que puede mirar el cielo estallar de fuegos artificiales para siempre. Pues no, no es así ya. Ahora el mar se ha tomado una revancha. No quiere más olor a bronceador en las playas limpias. No quiere más arena sobre las rocas. No quiere más tractores y grúas. No quiere ruidos molestos, ni acentos extraños, ni negocios fantasmas.

Lo más horrible son los edificios. Esos cuadrados avejentados y sucios, que miran con sus postigos cerrados. Mudos testigos de la avaricia de especuladores que fabricaron un espectáculo dantesco. Cambiaron las viejas casas de los que habían hecho fortuna en América por esto. Y esto es lo que nos queda, un pueblo fantasma, invadido por el mar, seco de esperanza, tortuoso y seco.

Por aquí se pasean los fantasmas de los poetas, los fantasmas de los escritores que amaron el pueblo. Están con sus hojas en blanco, secos de tanto mirar desastres. Ahora es el mar, pronto serán otras calamidades, la sequía, la falta de agua, la falta de peces. Catástrofes, parece que el presente nos depara catástrofes. Si no fuera por los niños, por los padres, por los turistas proletarios, por los campamentos de gitanos y de holandeses, el pueblo no existiría. Si no fuera por las luces de la riera, por los libros de la biblioteca, por los discursos de carnaval, por las cabalgatas y las carrozas, el pueblo estaría definitivamente sepultado. El mar advierte, aquí estoy yo, quiten todo de aquí, que entraré y me llevaré lo que me han robado.

Camino por la arena que pisa la vereda, miro esto como si hubiera yo estafado al mar. Y ahora soy yo el estafado. He comprado basura. He creído que compraba el sol, el placer, la eterna aventura del Mediterráneo, su historia y su profundidad. No he conquistado nada, es todo una ilusión, el mar me ha venido a decir que me vaya. Porque no me quiere aquí, ni quiere a mis hijos. No soy el único al que no quiere. No quiere a nadie en este pueblo, en eso somos iguales. Las miserias se esconden, los pescadores regresan, los políticos prometen, los niños siguen contemplando el atardecer en la playa. Pero todo ha cambiado. Porque el mar se ha venido a quedar lo que es suyo y tarde o temprano, todos, nos iremos de aquí.

Extranjero


El Extranjero

Ingreso en el recinto, plagado de viejos. Algunos juegan dominó, otros miran la pantalla gigante donde un guerrero invencible descuartiza a un enemigo, otro se bebe una caña en el suspiro solitario de la tarde vacía. El mar queda a mi espalda, respiro la sal en la entrada y estoy en este recinto oscuro. Todos me miran al mismo tiempo, tal vez son pescadores o han pescado en el pasado. Vienen de los barcos y de las olas. Yo no sé de donde vengo, si me preguntaran, no sabría como definirme. Tal vez a ellos les pase los mismo conmigo, tal vez les pasa lo mismo que me pasa a mí conmigo. Ahora me miran en silencio. La verdad es que el idioma que hablan es parecido al mío, pero no les comprendería si me hablaran. Uno se me acerca, hace un gesto como si debiera dar la vuelta y marcharme. Ahora me doy cuenta que es el dueño del local, un hombre grueso, de unos sesenta años. ¿Me está pasando lo mismo en todos los bares de este puerto?¿Por qué no me dejan sentar y tomar una caña, descansar un rato, pedir un buen café con leche o un plato de lentejas con cerdo y sentarme a conversar con alguien sobre el tiempo? No puedo protestar ni hablar, porque no entiendo que me dicen. ¿Por qué no me quieren en este poblado? Debo vender para comer esta semana y no podré vender si no me hago entender. He estado en poblados hostiles, pero este está resultando ser el peor. He dejado mi vehículo en una callejuela lateral, porque nunca hay donde estacionar en estos pueblos de la costa, los carteles solo admiten los coches del lugar. Tampoco se puede circular junto al mar. “’Últimamente han regresado los piratas”, creí entenderle a uno que me habló, en otro poblado no muy lejos de aquí. Y entonces pensé que se referían a los inmigrantes que cruzan desde el otro continente en precarias balsas. Los dejan que se ahoguen, no los dejan ni pisar las arenas de las playas que rodean los pueblos y si llegan los encierran hasta que nadie se acuerda de ellos. Así parece ser la gente de esta tierra, que mi Compañía me ha asignado como territorio para las ventas de invierno. Pronto me echarán del trabajo, como a tantos de los que ya no conozco el paradero. Es que no tienen gran consideración con los extranjeros, como yo, que hace treinta años que vendo lo mismo. Me han sacado el básico, dependo de lo que le venda a esta gente para sobrevivir esta semana y las siguientes. Bonita forma de estimular mi trabajo. Estoy paralizado, cansado de salir al frío y de ser expulsado de todos lados, así que insisto y me acerco a la barra, tomo un banco y me siento. Leo el diario en el extraño dialecto, caprichoso y cruzado, de este lugar en el que no me quieren. Y mientras trato de dilucidar el lenguaje extraño, siento el sonido cortante y metálico. Es un solo clic que encierra toda la amenaza. Resume estas miradas que se han paralizado en mí. Se han quedado mirándome y he sentido ese ruido, ya me había pasado en otros lugares, pero ahora parece más terrible y definitivo. Y ahora lo siento de nuevo, es que estos tíos piensan matarme, digo en voz alta, como una reflexión más de lo acabado que es el circuito de la vida para un transeúnte. Y entonces son varios clic, hasta que levanto la mirada. Sí, me están apuntando. Despacio dejo el periódico, ni siquiera he pedido otra caña. Me dirijo hacia la entrada del pueblo, donde he dejado el vehículo. Los inviernos son cada vez más crudos, la playa tiene cada vez menos arena y no se ve nada más allá del monte que esconde este poblado. Solo puedo pensar que si no cobro algo en las próximas horas no podré comprar más gasolina y tendré que dejar el vehículo en uno de estos pueblos.

Extranjeros

Hablamos en firseo, un dialecto importado a estas tierras por nuestros tatarabuelos. Pero no somos de aquí, por eso no nos entienden. Porque la lengua aquí ha cambiado, ahora se escuchan sonidos nuevos. El firseo ya no es el mismo. Y la ciudad tampoco es la misma. Se ha convertido en una gran ciudad. Las calles siguen siendo tortuosas, pero hay zonas donde abundan las avenidas y las edificaciones cuadradas. La gente ya no sueña, como antes, con que llegará el progreso. Ahora sueñan con cuestiones cotidianas, con cosas que antes no existían, ahora sueñan en voz baja, sin compartir sueños. Y tal vez no pueden definir que es lo que quieren, en realidad. Nuestros tatarabuelos eran distintos. Pero eso no importa, porque a nosotros no se nos reconoce del lugar. Se nos trata como a extraños, como a gente que recién llega y no tiene que ver con el pasado remoto. El firseo no se entiende, aquí se habla el firso. Aquí hay muchos extranjeros, cada uno habla su idioma. Pero hay algo con este idioma nuestro que choca con la gente del lugar. Por eso hemos decidido enmudecer. Para ya no sentir diferencias. Simplemente pasamos por mudos. Somos una familia extensa. Está mi tío Jonás, por ejemplo, con sus cinco hijos, que parece un rabino. Él y todos los suyos pasan por mudos de manera espléndida. Incluso en el colegio, los chicos no hablan, ni contestan a sus maestros. Es increíble verlos en un restaurante pidiendo el menú con señas y tan en silencio. El más pequeño apenas tiene 12 años, y así y todo pasa por un mudito perfecto. Luego está la familia de mi madre, diez hermanos, prácticamente han tomado un suburbio con sus casas apareadas. Ellos tampoco hablan, solo practican reuniones familiares en las que se comentan cosas con monosílabos, pero hacia el mundo exterior no se manifiestan ni con palabras ni con frases.

Es extraño como se han desenvuelto las cosas en la ciudad desde que llegamos. Sobre todo en el último tiempo, en que mi padre se postuló para alcalde. Por supuesto que no ganó, porque nunca podría haber habido un alcalde mudo. Pero parece que fue porque descubrieron su origen, lo sometieron a escrutinio público y lo develaron. Ahora estamos en la mira de todos. Ya no podemos ir a ningún lado sin que nos señalen.

Pronto empezaremos a hablar en firseo de nuevo. Porque en las calles de la ciudad nos miran como a extraños, no nos respetan cuando queremos un asiento adelante, o cuando estamos frente a un semáforo verde, no importa, siempre les tenemos que ceder el paso a los locales.

Por eso creo que no habrá tregua cuando hablemos nuestra lengua de nuevo, nuestros ancestros se levantarán de sus tumbas, ellos pueblan medio cementerio. Y entonces será una guerra abierta.

He llegado a este país de noche

He llegado a este país de noche. Crucé la frontera y un agente soñoliento selló mi pasaporte. No me preguntaron nada. No como otras veces. Eso que he llegado para quedarme. Aquí no quieren mucho a los extranjeros. Son moneda corriente, pero no nos quieren. Dicen que venimos a quitarles algo que es de ellos. Dicen que en nuestros países somos corruptos. Que somos sucios y desordenados. Tienen razón. Nuestros niños tienen más experiencia, son más fuertes que los suyos. Hemos cruzado el océano, como ellos tantas veces han hecho, para llevarse nuestra savia. Pero no quiero hablar de eso, quiero hablar de lo que hago aquí. Aunque la verdad no lo sé. Estoy dudando, soy un escritor mediocre, publicado solo una vez. Mi obra ha visto la luz, pero no he podido salvarme. Ahora debo currar para sobrevivir, como si Marciaro, uno de mis personajes, pudiera socorrerme. Marciaro, que recorre la barra con la mirada y me dice, aquí estoy, fregado, traicionado. Marciaro se acoda en la barra de un bar de este pueblo y me dice: esto no era lo que esperábamos, tú estás aquí de paso, no puede ser que tú y yo nos tengamos que encontrar. Es que me tengo que enfrentar a eso, a convivir con un personaje de ficción, con uno de mis personajes. Será que estoy en una tierra lejana, que me aleja de los míos, que me hace sentir tan solo que lo necesito. No lo sé. Solo me alienta a seguir escribiendo el saber que hay una oficina de migraciones. Que pronto podré regularizar mis papeles. Entonces saldré de este letargo en el que aún no me consideran persona. Por eso recurro a la ficción. Porque en realidad aún no estoy aquí. Aún estoy cruzando el océano, revolcándome en la miseria de la huida. Como mi tía abuela, la Lotte, cuando cruzó con ese tren el Berlín Nazi. Permanentes requisas y el riesgo de un asesinato más, como tantos, anónimo. Pero no, ella llegó a destino. Por eso me he sentido siempre tan ajeno en los hogares que me reciben, por eso nunca encuentro refugio, por eso amanezco demasiado temprano y escribo. Porque comparto este destino de superviviente. Porque me voy desplazando por los continentes hasta que llego a ninguna parte. Otra vez solo, tan solo como me encontré al comienzo. Solo con mis cuatro amores por supuesto, con mis velas y mis anclas. Sin ellos ni siquiera se concibe la partida, solo se adivina el parpadeo de las luces del ocaso. En fín, Marciaro me mira y se compadece, estoy escribiendo sin él, estoy tan acabado que ni siquiera las letras pueden encenderse y mostrar el camino. En fín, ahora me toca llegar, entregarme a este lugar, sentir que avanzo por la vida sin tantos sufrimientos. Pero mi tía Lotte vive en mí, con sus convicciones, con su supervivencia. Como si Marciaro fuera una prolongación de su consecuencia, con su liviandad, y su traición

Ciudad tortousa

Era una ciudad tortuosa, sus calles enmarañadas, sus edificios puntiagudos, sus peatonales escasas y siempre cortadas por un callejón sin salida o un abismo. Era una de las ciudades de mi recorrido, eterno, por lugares que sabía que tarde o temprano dejaría. Como una marca del destino. Como una huída quien sabe de que tempestades. Como un reconocimiento de la propia lejanía de todo, hasta de la lejanía misma. De pronto leer a los autores, reconocer a los maestros, acercarme a mi hijo, besar a mi mujer, develar el misterio de una noche sin sueño, son todas metáforas vacías. La vida se compone de esos destellos, momentos infinitos que a uno lo acercan a lo que pudo ser. Lo demás es anécdota, transcurre como una ráfaga de recuerdos, inaprensibles, tan esporádicos como vanos.

En esa ciudad de calles escarpadas que en el fondo desembocaban en el mar, reconocí por primera vez la ausencia. La nombré, la supe distinta y plena de anhelo. Como la había visto nacer en sus comienzos. Era ausencia que podía nombrarse de distintas maneras. Era como volver a ciudades, a mujeres, que uno ya había dejado. Era una ausencia triste, sonámbula, escasa. Pero estaba tan presente que me impulsó a las locuras máximas. Me impulsó, por ejemplo, a vivir el vacío de manera intensa. En un apartamento sin muebles, con ventanas que daban a paredes sin cielo, me asomé a una eternidad sonámbula. Comencé a describir el espacio sin sonidos, salvo el de las campanas que sonaban en la noche. Una para las y cuarto, dos para las y media y otra para la cantidad de horas que fueran.

En ese caso dieron tres campanas. Toda la ciudad dormida, el mar cerca, tratándome como a un intruso, las calles vacías, empedradas de noche, solo quebradas por el ruido de un gato comiendo un ratón o un pedazo de basura en una vereda olvidada. Y justo a las tres, las campanadas escasas que podrían confundirse con la hora cero, justo en ese instante, dando tres campanadas, asomando a la ventana infinita de un apartamento solo poblado por un ordenador y un teclado tecleando y mi presencia, percibí el vacío extenso que me relataba de nuevo la historia interminable.

Percibí mi irreversible pérdida, mi esperanza amarga y frustrada, mi destino de grandeza truncado por el vulgar afán, compartido por el gato, la rata, la culebra, el perro y el gusano, de convertir la vida en supervivencia. Y así me asomo a este momento crucial, en el que como en un relato de Borges, tuerzo el destino a mi favor o en mi contra. Y me encuentro conmigo o con otro, en un duelo a muerte, escapando del dolor y del peso de algo que de alguna manera está escrito y me toca enfrentar. Como en una ciudad invisible me albergo sin sueño ni canto, ya vencido de tanto luchar y escapar. En esta ciudad en particular, no tenía por que ser esta, podría haber sido cualquier otra, me encuentro de nuevo sin tiempo. Y asumo una certeza clara como el marfil, valiosa como el diamante, poderosa como el hielo: me estoy cercando.

Y cuando entiendo esa verdad tan simple y atroz, puedo seguir pergeñando un camino sin salida, tan tortuoso como una callejuela de la ciudad en la que he recalado como un huérfano insomne. Justo a las tres, después de la última campanada, apareció el cisne de la certeza. Entonces ocurrió algo que ni el mismísimo Edgar Allan Poe hubiera imaginado, ni el inefable Chandler ni ninguno de sus herederos. Sucedió que mirando por la ventana de ese apartamento vacío en esa ciudad enmarañada, alguien, que no era viento, movió la cortina que daba a una sucia obra en construcción, la sacudió de tal manera que no pude sino pensar que esa cosa no era viento.


Homenaje al poeta Juan Gelman

ENTREVISTA

No habrá más penas ni olvido

Juan Gelman ya había recibido las distinciones más relevantes de la Argentina, México y España. Al poeta, que tiene un hijo desaparecido, ahora le llega la consagración con el Cervantes, que antes que él honrara a Borges y a Bioy Casares. Se premia así a la alquimia que le permitió trocar dolor en verso y reflexión en audacia.

Por: Texto: Ana Laura Pérez: Fotos: Archivo Clarín.
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Lo que intenta la poesía, como la música, como el arte, es morder un poco la realidad que siempre se escapa de las manos. Pero además, tampoco puede ser una proposición voluntaria. La circunstancia no es la que hace al poeta. Es la que, en ciertos casos, lo mueve a escribir una cosa u otra en la medida en que esa circunstancia exterior coincide con una circunstancia interior. Y a veces ni hacen falta circunstancias.

No se escribe poesía por voluntad propia sino por voluntad de ella", dice. Y su voz suena lejana como esa tarde de lluvia y frío en el DF, donde vive desde hace más tiempo del que pueden guardar los almanaques. A él no le molesta tanto como al resto de los mexicanos el frío inusual de este invierno sino ese continuado de temperaturas cálidas que se diferencia sólo por las épocas de lluvia. "Lo que me gusta, en realidad, es que haya estaciones."

Juan Gelman sintió la voluntad de la poesía "cuando era muy chico". Tenía nueve cuando empezó a mandarle versos de Almafuerte como si fueran propios a una vecina dos años mayor. La indiferencia de la nena lo empujó un paso más allá: "Voy a tener que hacerlos yo', pensé y me puse a escribir huesos nomás, versos ¡perdón!". Dijo huesos', ¿un fallido? No deja de ser una metáfora bella y precisa de su forma de vivir la poesía. A los 77 años, lejos de aquella infancia de laborioso enamorado, Gelman acaba de ser honrado con el Cervantes, el premio mayor de las letras de habla hispana. Un reconocimiento a su trayectoria, que antes recibieran los argentinos Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Adolfo Bioy Casares. Pero antes que al amor, Juan Gelman lega el mérito de acercarle la poesía a su medio hermano Boris, el mayor, que le recitaba los versos de Pushkin en ruso.

El habla muy poco del idioma de la familia, pero puede replicar el gesto fraterno y recordar todavía aquellos recitados proféticos: "A mí encantaba la música, el ritmo, la sonoridad de las frases aunque no entendía nada", suele recordar. José, su papá, era un socialista que emigró dos veces a la Argentina. Había participado de la revolución de 1905 y cuando olvió a su país natal, en 1918, lo desilusionó el rumbo de la Unión Soviética. Regresó a Buenos Aires en 1928 con Boris, Paulina Burichson, su segunda esposa, y Tauba, la hija mayor del matrimonio.

El 3 de mayo de 1930 nacería Juan. Primer ciudadano argentino, tercero en la línea sucesoria de esta familia de judíos pobres pero cultísimos de Europa del Este. Padre carpintero, madre hija de un rabino estudiante de medicina en Rusia, todos se pusieron a trabajar en la camisería familiar. No sobraba el dinero pero se ahorraba de a centavos para ir al Colón una vez al año.

Escribía desde chico, pero ¿ya entonces se sentía poeta?

Ocurre que con el tiempo y la insistencia de la poesía, uno al final se pregunta si es poeta.

¿Y cuándo se respondió eso?
Alrededor de los 19, 20 años.

¿La respuesta la dio el reconocimiento de los pares o la autoconfianza?

Creo que tuvo que ver con un deseo personal o una inquietud de sí. Imagínese que a los 20 años nadie me conocía salvo en casa a la hora de comer. Y en el barrio mejor no dárselas de poeta porque l que no fumaba era maricón y el que era poeta era raro. No le oculto que en esos años de los 15 a los tuve amigos poetas y frecuenté a otros poetas.

Nos leíamos cosas, anduve alrededor de revistas literarias, pero recién me pareció que esto era lo que yo necesitaba hacer alrededor de los 20 años. Publicó su primer poema a los once, cuando ya era conocido en los potreros de Villa Crespo como El pib etaquito ("Me perdía miles de goles por partido pero nunca dejaba de usar el taquito para empujar la pelota. Siempre creí que me salía lo más bien, pero teniendo en cuenta las puteadas de mis compañeros, parece que no rendía mucho para el equipo", contó con motivo de un homenaje que le hicieron como hincha en el club Atlanta). "Los espontáneos",elocuente sección de Rojo y negro , revista que publicaba cuentos de cowboys y detectives, lo publicó por primera vez: Fue un sueño muy hermoso para ser cierto, señor; el destino poderoso, envidioso, lo rompió , empezaba.

Juan, que se había destacado como un niño precoz que aprendió a leer a los tres años, hizo la secundaria en el restigioso Nacional Buenos Aires. Abandonó en los comienzos la carrera de Química. Le nteresaba "mucho más la poesía que la descomposición del átomo, los protones y los neutrones". Probó varios trabajos, pero decidió ganarse la vida como periodista. Pasó menos de un mes en un iniciático house organ, El Asegurador, que dejó por Nuestra palabra , semanario del Partido Comunista. Ferviente republicano como alumno de primaria, ingresaría a la Federación Juvenil Comunista de adolescente.

Fue en ese ambiente político que leudó El Pan Duro , grupo que integraban también José Luis Mangieri, Héctor Negro y Juana Bignozzi. Eran jóvenes, eran comunistas y eran poetas: proponían una poesía comprometida y popular y entre ellos financiaban sus publicaciones. El primer libro editado por el grupo fue de Gelman: Violín y otras cuestiones , en 1956, con prólogo de Raúl González Tuñón. Casi inmediatamente fundó la revista Nueva expresión junto al sociólogo Juan Carlos Portantiero y el escritor Andrés Rivera, con quienes también armó una editorial que publicó Velorio del solo (1961).

La radicalización de sus ideas políticas, más a la izquierda que las de la línea oficial del PC, se reflejó en L a rosa blindada . Fue esa revista la que publicó en 1963, Gotán . Libro legendario que le dio definitiva relevancia, marcaría también su renuncia a integrar nuevos colectivos literarios. El año siguiente lo echarían del PC, semanas después de haberse ido: "Fue el momento de la revolución cubana y un grupo de nosotros sostenía que ese hecho era una línea divisoria. Se hablaba de llegar al socialismo por la vía pacífica; nosotros vimos en Cuba otro tipo de posibilidades", explicó.

Desde entonces y hasta el último y flamante Mundar (Seix Barral, 2007), publicaría más de una veintena de libros de poesía que se traducirían y le valdrían muchos premios: el Nacional de Poesía en la Argentina; el Juan Rulfo en México; el Reina Sofía, en España, antes del consagratorio Cervantes. "Creo que de la poesía siempre se aprenden cosas.

Para quien la escribe es una tarea riesgosa porque cada poema es un paso más dentro de la propia subjetividad. Y eso se incuba en la fragilidad y en la inseguridad sobre lo que se escribe. En cuanto a los demás, bueno, por mi experiencia de lector, la poesía como las otras artes ha tocado o abierto territorios que yo tenía, pero que no tenía porque no sabía que los tenía. Son espacios subjetivos, cosas que de repente suenan sin que uno sepa, muchas veces, de qué se trata. Lo que uno sabe es que hay algo, pero no mucho más."

¿Con qué libro, con qué poema, sintió que pasaba un umbral, que alcanzaba algún tipo de objetivo?

En general uno siempre tiene insatisfacciones con lo que hace. Porque la distancia entre la tarea y el resultado, o el esfuerzo por encontrar expresión a las obsesiones siempre deja la sensación de una distancia entre lo que se quiso expresar y lo que se pudo expresar. Supongo que ése es el motor por el que sigo escribiendo y tratando de apresar la poesía, esta difícil señora.

¿Nunca sintió que tenía a esta difícil señora entre los brazos?

Hubo algunos momentos en que así fue, sí. Son momentos escasos, pero son muy felices. Eso ocurre en todos los libros. En todos hay algunos de esos momentos.

¿Se siente en los brazos de esa señora cuando lee poesía de otros?

No, no es lo mismo. Pero porque al leer cosas ajenas lo que uno tiene es el goce de esa lectura, no el intento de escribir los poemas.

Si a la poesía no se la busca, ¿al periodismo sí?

Sí, claro. El periodismo es una cosa que interesa a mucha gente, que no es el caso de la poesía.

¿Y al escritor? ¿También le interesa?

Yo entiendo al periodismo como un género literario que se escribe bien o se escribe mal. Pasa lo mismo que en cualquier arte: se pinta bien o se pinta mal. A mí, el periodismo –sobre todo cuando fui cronista, que es siempre lo que me gustó más hacer, junto con las entrevistas– me dio mucho porque me puso en contacto con diferentes gentes, diferentes problemas. Como uno es curioso, condición esencial para ser periodista, creo que me ha enriquecido sin duda alguna. Hoy mismo, aunque soy columnista en algunos temas, también me aporta cosas.

La mayor parte de sus columnas de los últimos tiempos son denuncias contra los EE.UU. ¿Qué lo obsesiona de ese país?

No se trata del país. Se trata del gobierno de ese país. Yo me temo una catástrofe nuclear fabricada por este señor George W. Bush y sus adláteres. Eso es lo que realmente me preocupa. Mis artículos son también sobre Israel, sobre Irak y Afganistán... todos esos puntos donde ya hay guerras, algunas muy
viejas, y donde el peligro de un estallido atómico no es muy improbable. En realidad es eso lo que me preocupa, porque eso sería una tragedia para toda la humanidad: que volvieran los hongos atómicos.

En su prosa periodística anterior se destacan sus semblanzas y perfiles de artistas.

Durante años he escrito sobre escritores, poetas, músicos, actores, artistas de cine, siempre tratando
de indagar sobre su manera de acercarse al arte.

¿Qué le interesaba de eso?

El misterio del proceso de la creación. Yo todavía no lo entiendo.

A esta altura debe tener alguna pista.

Psss... tengo pasta los domingos.

LECHE ENVENENADA

Los antecedentes de sus columnas en Página 12 datan de 1966, cuando entró al periodismo grande: en la revista Cofirmado se encargaba de la sección de libros. De allí a la sección internacional de Panorama y luego al diario La Opinión , como secretario de Cultura y Espectáculos. Para entonces formaba parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de orientación guevarista-peronista, que se fusionarían con Montoneros.

Trabajaría en el diario Noticias , que manejaba esa organización, y en Interpress Service, como director latinoamericano. Las amenazas hicieron que se trasladara la dirección a Roma. Allí y entonces se iniciaron sus años de exilio. Es difícil reconstruir lo que pasó, la verdad de la memoria lucha contra la memoria de la verdad. Han pasado años, los muertos y los odios se montonan, el exilio es una vaca que puede dar leche envenenada, al menos algunos parecen alimentados así.(...) La necesidad de autodestruirse y la necesidad de sobrevivir pelean entre sí como dos hermanos vueltos locos, escribía en Roma en mayo de 1980.

Hacía cuatro años que una patota había secuestrado y liberado a su hija Nora, de 19 años, y desaparecido a Marcelo, su hijo de 20 años, y a Claudia Irureta Goyena, su nuera, un año menor, embarazada. Volvió clandestino en el Mundial '78 y rompió con Montoneros cuando la conducción planeaba la suicida contraofensiva. Le valió una segunda condena a muerte. La primera la había extendido clandestinamente la dictadura. Y no pudo regresar a la Argentina hasta 1988 –tiempos de Alfonsín– porque, en secreto, un juez le había dictado captura por pertenecer al Consejo Superior del Movimiento Peronista Montonero.

En el extranjero se había ganado la vida como traductor de la ONU en Roma, París y Nueva York y regresó cuando intervino la Cámara Federal. En Buenos Aires conoció a la psicoanalista Mara Lamadrid, de quien se enamoró y con quien se fue a México, donde ella vivía y ahora viven: Siempre te amo por primera vez. / Siempre te amo por primera vez, le escribió en País que fué será (Seix Barral, 2004). Con ella publicó el primer libro de testimonios de H.I.J.O.S: Ni el flaco perdón de dios (Planeta, 1997).

De Marcelo recuperó los restos, en octubre de 1989. Habían sido arrojados al río Luján dentro de un tambor de arena y cemento. Lo habían matado de un tiro en la nuca. Después de una búsqueda intensa y de una campaña que apoyaron artistas, intelectuales y personalidades de renombre internacional, en el 2000 dio con Macarena, su nieta, de quien nada sabía al principio. "El mérito fundamental del hallazgo es de Mara. Ella pasaba horas frente a la computadora investigando.

Leyó centenares de páginas y libros y a la madrugada discutíamos las piecitas que iban apareciendo. Algunas cuajaban y otras no." Descubrieron que Claudia había sido trasladada encinta de 8 meses a Montevideo para "regalarle" la beba a un represor uruguayo. La asesinaron después de que amamantara a su hija. "Una vecina del señor que se quedó con mi nieta me llamó." Ahora pidió el juicio para cinco represores del centro clandestino Automotores Orletti por el crimen de su hijo.

Y sigue exigiendo los restos de su nuera en el Uruguay: "La búsqueda de los restos puede parecer necrofilia, pero tiene que ver con otra cosa: con que cada uno de los 30 mil desaparecidos –y como usted sabe las cifras borran historias individuales– existió, vivió, fue una persona y tiene una historia. Encontrarles un lugar de descanso es una vieja costumbre de nuestra vieja humanidad, es regresarlos a su historia y, en general, a la historia de nuestra civilización."

'Obligaremos al futuro/ a volver otra vez', escribió en su último libro. ¿Qué lo lleva a ser tan optimista?

Debo ser un esperanzado sin remedio y para eso no hay farmacias... qué le vamos a hacer.

Republicano, comunista, montonero, ¿cómo se define hoy políticamente?

Como una persona que no ve una izquierda viable en ninguna parte del mundo y que, sin embargo, sigue creyendo que esto algún día va a cambiar. Porque yo no creo que se pueda aplastar el espíritu de la gente, su capacidad de sueño y de deseo, por duro que sea el sistema.